El otro día entré en la farmacia de mi cuñada a comprar un medicamento que me había recetado la doctora.
Mientras estaba esperando a que me atendieran, entró por la puerta una señora que yo pensaba que se pondría detrás de mí a hacer cola.
Pero no, en cuanto una de las farmacéuticas la vio, le dijo que esperara un minuto.
Salió la farmacéutica con unos medicamentos que ya tenía preparados y la clienta le dio el papel de la receta médica.
La transacción más rápida que he visto en mi vida.
Obviamente, ya se conocían de sobra y era un trámite realmente sencillo y fácil de automatizar.
Esto me hizo pensar que nuestro cerebro es una especie de farmacia andante.
En la práctica, el cerebro produce, regula y combina “medicamentos internos”, es decir, neurotransmisores y hormonas.
Estos se fabrican en función de lo que pensamos, percibimos e interpretamos, del mismo modo que una farmacia prepara fórmulas magistrales a medida para cada situación. Imagina que tus pensamientos e interpretaciones son como recetas médicas: Esto es peligroso. “Esto es una oportunidad”.
“No valgo”
“Estoy a salvo”.
El sistema límbico y otras áreas cerebrales actúan como el farmacéutico interno.
Según esa “receta”, liberan dopamina, serotonina, norepinefrina, cortisol, oxitocina, etc., en distintas dosis y combinaciones.
El cuerpo es el paciente que recibe ese cóctel químico y responde en función del “tratamiento”.
Cambios en el corazón, respiración, tensión muscular, energía, claridad mental, ganas de actuar o de huir.
Pero hay algo que debes tener claro, ya que una farmacia solo dispensa sus "fórmulas magistrales" con receta.
Es decir, tu cerebro no libera químicos al azar: los libera siguiendo patrones de pensamiento, memoria, atención y creencias.
Y si repites una y otra vez la misma receta, tu farmacéutico te acaba conociendo y automatiza el procedimiento.
Es decir, cuanto más sostenemos las mismas interpretaciones sobre ciertas circunstancias, más fuerte se instala el hábito neuroquímico.
Así que, en cuanto el farmacéutico detecta que te has asomado por la puerta, te dispensa ese “cóctel por defecto”.
Parece algo espontáneo, pero en realidad está entrenado.
La cuestión es que una misma situación externa puede generar “fórmulas” químicas muy distintas según el significado que le des.
Por ejemplo, una tarta de chocolate es completamente neutral.
Pero, dependiendo de quién la mire, la interpretará de formas muy diferentes:
“Amo el chocolate, necesito probarla ahora mismo”.
“Quiero adelgazar, me siento culpable si la como”
“Seguro que lleva gluten y me va a doler la tripa”
“No me gusta el chocolate, prefiero tarta de manzana.
Cada una de estas interpretaciones es una receta para el farmacéutico.
Y tus emociones son el cóctel que la farmacia prepara y dispensa a tu cuerpo.
Lo bueno de todo esto es que siempre podemos cambiar la receta.
Aunque al entrar por la puerta el farmacéutico venga corriendo con su cóctel preparado, recuerda: no te lo puede dar sin receta.
Y si tú eliges otra receta, tendrá que darse la vuelta y preparar un nuevo cóctel.
Sí, al principio todo cambio genera confusión y requiere voluntad.
Pero, del mismo modo que habíamos entrenado al farmacéutico para que nos dispensara el cóctel infernal, podemos reentrenarlo para el cóctel celestial.
Por eso, en el Dojo del Alma nos centramos en cambiar constantemente las recetas.
Cuando cambias el significado y el enfoque de lo que te está ocurriendo, cambias las medicinas que ingieres y, por tanto, cambia tu experiencia emocional.
Si quieres dejar de recetarte hábitos tóxicos y quieres comenzar a disfrutar de hábitos saludables, únete al Dojo aquí.
Con amor, Sara y Eduardo
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