Cuando una persona fluye, es capaz de adaptarse a cualquier tipo de situaciones, tomando —sin apenas esfuerzo— las decisiones más acertadas en cada momento. El estrés y la fatiga son sustituidos por la creatividad y el entusiasmo, y hasta parece que los acontecimientos se alinean con ella para ayudarla a alcanzar sus objetivos. Estos instantes sublimes suelen ser escasos y fugaces. En la vida cotidiana, confluyen egos, conflictos y obligaciones que interrumpen este flujo feliz y nos hacen sentir fragmentados. ¿Por qué? Tal vez se deba a nuestro afán por analizar y diseccionar la vida, que detenemos bajo el microscopio de la razón.
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